Para que otros sean edificados por mi servicio se espera que me dejen servir y que se sometan amorosamente a mi servicio. De la misma manera, para yo ser edificado por el servicio de otro, debo dejarle servirme y someterme amorosamente a su servicio.
Es necesario que reconozcamos que cada miembro del cuerpo cumple con una función especifica que le fue asignada por el Espíritu Santo al integrarlo en la iglesia de acuerdo a 1 Corintios 12.
ES NECESARIO QUE LOS DONES Y EL TRABAJO DE MIS HERMANOS SEA RESPETADO.
Si mi hermano o hermana tiene un deber en la iglesia, debo aceptar que Dios se lo ha dado y debo gozarme en su servicio como espero que ellos se gocen en el mío.
La iglesia no sirve para complacer caprichos de los individuos, porque si así fuera, seria imposible progresar en la santificación mutua.
Las sugerencias y las observaciones son validas pero no debemos esperar que las cosas giren en torno a estas. Cada servidor en comunión con Dios tiene libertad para desarrollarse ministerialmente en la iglesia de Dios, siempre y cuando sea en sumisión a la Palabra, de acuerdo con los pastores, puestos como autoridad local para regular el orden en la iglesia, con la intención de edificar a otros y ordenadamente dentro de la iglesia.
No es de acuerdo a las Escrituras privar a una persona de servir a Dios en la iglesia por cuestiones de preferencias personales, ni siquiera de las autoridades locales, porque al impedir al hijo de Dios trabajar, se estorba a los propósitos de Dios.
Lo único que puede interrumpir un servicio es la conciencia del servidor, un proceso de disciplina por causa de un pecado o la salida del miembro de la iglesia local. Por lo demás, debemos procurar la armonía al dejar que cada uno cumpla su ministerio para agradar a Dios.
Debemos cuidarnos de la envidia y el celo que nubla nuestra mente y contamina nuestro corazón, porque a veces por codicia le perdemos el respeto al trabajo de los demás y eso es pecado.