La membresía sirve para que cada iglesia local pueda identificar a sus miembros activos y comprometidos.
La iglesia local no es solamente un lugar que abre sus puertas para recibir visitantes de entrada por salida, sino que es una organización que cuenta con gente comprometida para recibir y dar instrucción, edificación y servicio.
“Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis.” 1 Tesalonicenses 5:11
La iglesia local recibe visitantes y siempre mantiene las puertas abiertas para ellos, pero la iglesia local es mucho más que un edificio con asistencia dominical.
La iglesia local es en sí misma una comunidad de creyentes con todas las cosas en común (Hechos 4:32-36) dispuestos a ejercer sus dones dentro de esa comunidad visible (1 Corintios 12:16).
No todos los que asisten a la iglesia local son miembros de la iglesia, no obstante, la iglesia local solo lo es en virtud de su membresía. Esto significa que mucha gente puede asistir a una iglesia local sin ser parte de ella. Pero solo aquellos que asumen un compromiso con la comunidad de esa iglesia son efectivamente miembros de ella.
Ser miembro de una iglesia local es especialmente importante en tiempos de pragmatismo religioso. Hoy día, señala Michael Horton, “crecer rápidamente en número tiene más peso que crecer lentamente en gracia. Los resultados pragmáticos, y no las estructuras formales, se han considerado la llave del éxito…”2
Es un problema grave que la gente sabe muy poco acerca del compromiso y las carreras largas. Mark Dever dice que nuestra época es la época de la fobia a los compromisos.3 La mayoría de las personas prefieren vivir por la libre. Dever señala que hay una contradicción entre decir que somos cristianos y no tener compromiso.4¡El cristianismo es en sí mismo un gran compromiso!
Tristemente para muchos es preferible aquello que requiera poco, pero de mucho. No obstante, la vida cristiana auténtica no puede ser pragmática y por ende tampoco la vida en la iglesia. El Salmo 1 refiere que la vida cristiana se compara a un árbol plantado junto a corrientes de aguas que da fruto en su tiempo y su hoja no cae… Y en Mateo 13 Jesús habla del reino de Dios como una semilla de mostaza que al principio es pequeña, pero con el tiempo crece hasta llegar a ser un árbol.
Una iglesia con orden y estructura crece como los árboles, una iglesia sin orden ni estructura crece como las moscas.
Muy poca gente termina lo que empieza hoy día. Hay una crisis de formalidad, orden y estructura en la vida de la sociedad que afecta la manera en que la gente vive su espiritualidad. Vemos muchas renuncias laborales, muchos cambios de iglesia, muy poca tolerancia a la disciplina, mucho descuido del cuerpo, muy malos hábitos, pocos matrimonios (pero muchos noviazgos) poco estudio e intermitencia en la asistencia a la iglesia que son señales claras de que algo no anda bien.
Esta falta de compromiso, o fobia al compromiso, es la raíz por la cual mucha gente no se congrega, aun a pesar de que la Biblia demanda que no dejemos de congregarnos (Hebreos 10:25). Pero vamos a ver que solo asistir a la iglesia no resuelve el problema de la falta de compromiso. Muchos podrían estar asistiendo a la iglesia y aun así no estar comprometidos con ella.
La iglesia no es un centro de entretenimiento al que la gente puede asistir a gusto sin compromiso alguno. La iglesia es la casa del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad (1 Timoteo 3:15) y requiere que los miembros, unánimes y activos salvaguarden y proclamen esa verdad.
La iglesia no es el templo, la iglesia somos nosotros en el Señor: vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. 1 Pedro 2:5
¿Pero quiénes son esos nosotros que están trabajando unánimes por proclamar el evangelio, salvaguardar la doctrina, discipular a los creyentes y edificar con sus dones a sus hermanos? No son los visitantes curiosos, sino los miembros de la iglesia.
Ser parte de una iglesia implica compromiso. Ser miembro de una iglesia no significa ser solamente un receptor de las bendiciones espirituales que fluyen desde el púlpito y el discipulado, significa comprometerse con la vida para bendecir también a otros con los dones propios y el servicio a los demás. Jesucristo enseñó que es más bienaventurado dar que recibir (Hechos 20:35) y el que asiste a una iglesia solo como un visitante casual puede estarse perdiendo de dar como es debido.
Cuando un individuo se hace miembro formal de una iglesia se compromete con ella y también compromete a la iglesia con él. En otras palabras, el compromiso en la membresía es dinámico. Los miembros en su conjunto sirven al miembro y el miembro a los miembros.
Sabemos que Dios es un Dios de orden y bendice todo aquello que se hace ordenadamente. Ser miembro de una iglesia es entrar en orden con ella y se cumple con la Palabra:
“…hágase todo decentemente y con orden…”
1 Corintios 14:40.
Hemos de recordar que todo lo que se hace con orden trae bendición, pero el desorden trae confusión. Una iglesia con orden y estructura requiere saber quiénes son sus miembros y poder distinguirlos de sus visitantes.
Es importante aclarar que la iglesia no minimiza la importancia de un visitante. Los visitantes son importantes para la membresía. De hecho, los miembros de la iglesia son los anfitriones quienes lavan los pies y preparan lo mejor para el huésped.
La membresía de la iglesia debe ser hospitalaria sabiendo que tiene una gran responsabilidad delante de los visitantes porque ellos son quienes representan a Jesús delante de los demás, dentro de la iglesia local.
La membresía de la iglesia es entonces, en pocas palabras, el compromiso formal de una familia o de un individuo de ser parte de una iglesia local y disponer su corazón, su vida y sus dones a recibir instrucción, ministración, disciplina y discipulado de la misma y al mismo tiempo disponer su corazón, su vida y sus dones para dar y servirla.